Observaba al nuevo vecino que estaba sin moverse desde hacía buen rato como si fuese una
figura resecada por el tiempo, ojos hundidos, nariz aguileña, rostro curtido que resalta de su blanca camisa, sin corbata, al uso de los mayores, no de ciudad. No se atreve a molestarle por un inexplicable respeto.
Días antes, un sábado, le vio en un bar próximo sorbiendo una taza de café humeante con un cigarrillo en la mano, el hijo que le ve, le dice «se lo ha prohibido el médico», ¡qué más da!, contesta, tienes que vivir padre, ¿más aun y así?, se cortó el diálogo. Sigue leyendo
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